EL MAR NO VOLVIO A VERLO

VERSION ANTERIOR
https://elmarnovolvioaverlo.blogspot.com/2017/05/el-mar-no-volvio-verlo.html

VERSION BLOG ACTUAL




Compartir
mayo 14, 2017

EL MAR NO VOLVIO A VERLO


Todo lo intentó y nada logró.
Todo lo deseó y nada obtuvo.
Más mientras vivió,
Todo lo intentó y todo lo deseó.

JOSE LUIS


José Luis Gómez Martínez merece de mi parte un reconocimiento, no sólo por los lazos de hermandad que nos unían, sino también por la amistad surgida desde la muerte de papá, como una de esas curvas que ascienden y se enredan, y que últimamente se convertía en la senda de una confianza y seguridad mutuas, que al subir como un puño creció hasta partir al cielo.

Lo recuerdo todavía de niño. Su figura rechonchita deambulaba traveseando por la casa, preocupado por la sinrazón de un juguete de cuerda, por el inquietante pestañeo de los luceros, por el imán que ejercían en él los bosques de los paseos dominicales, o por la hipnosis de una concha aplicada al oído, para informarle de un sonido que desde entonces fue la voz del mar que lo llamaba.

Por entonces era "El Gordo", como volvería a serlo ahora en las tierras donde dejó la vida; el niño feliz que hundía sus zapatos en los charcos queriendo pescar el sol o el reflejo plateado de una estrella; el que se extraviaba en la selva de maderos del aserrío de enfrente, planeando el encuentro con unos espadachines que no éramos sino algún amigo y yo, portando un bocel de madera que se partía al primer golpe; y el precoz a quien las niñitas llamaban para comprobar la simpatía de su rostro, y preguntarle o que respondieran sobre algún juego de novios prematuros.


La muerte de papá hace tantos años suspendería la risa, y demostraría con el tiempo que ahora ella y el optimismo avanzaban arrastrando un lastre de duración desconocida. El contacto con el mundo nos situó en otra realidad antes ajena, y entonces José Luis, -más que todos- se enfundó en una sensibilidad transcrita escasamente en las trazas de algún verso o de algún escrito, adherida a su ser como una roncha que lo hacía sufrir por el hambre del Africa; por la desfachatez de una amenaza nuclear o de una guerra opuesta al sentimiento generalizado de los hombres; por la incomprensión surgida ante unos horarios que nos atan y exprimen mientras vamos dejando la vida en aras de las obligaciones; por la organización de una sociedad capaz de producir la angustia del mendigo o la desolación de quien rodeado de brillo ve apagarse su vida entre el vacío de las comodidades; y por la meta signada en el cajón que desciende por la tierra, como respuesta evidente a todos los años de esfuerzos y de búsqueda.

Y su voz que no fue pública, ni ocupó en ningún momento la mirada de los comunicadores, se enredó noches enteras en el corazón de sus amigos, y selló con sus palabras la incongruencia de algún duelo o la amargura de un desconocido, que no encontraba el camino de regreso a la comprensión de su familia. Pero él, José Luis, se resquebrajaba por dentro como en la cámara lenta de un espejo que se rompe, y asistía a su destino con la determinación y seguridad con que marchan los suicidas.


Un día, abandonó su tierra y caminó morral a cuestas el país atravesado hasta encontrarse de pronto entre olas, navegando en el Atlántico, trepado entre las velas de un lento navío, llevando el timón de un barco pesquero que lo adentraba en el mar, en sus noches y sus días, en su sol y su oleaje, en su voz y su misterio, hasta brindarle la calma que en tierra no encontraba. Pero regresó, y buscando la espiral de nuestras vidas se asió a su cabo y me encontró de nuevo.


La aventura de un trabajo en tierras para él desconocidas lo colocó conmigo entre peñascos agrestes, en el borde de inconmensurables precipicios, ante el chorro inmaculado de las quebradas que acuden al llamado del Bajo Patía, entre la incomprensión, envidia y egoísmo de las gentes en las que pensábamos, y a las que ahora debíamos servir.

Y otra vez lo golpeó la maledicencia. Los deberes exigían; el trabajo nos asaltó incluso en la noche tratando de cumplir con lo pactado y sellar con eficacia las airadas voces de los calumniadores; la necesidad obligaba a marchar por Cumbitara y Policarpa asidos al hilo de su única vía, a sus peñas de miedo, y al deseo en él renovado de cuidar la vida para caminar juntos por un horizonte que empezaba a abrirse.


Y ya culminábamos. Tejíamos las últimas luchas e incomodidades para entregar a un pueblo y a mis contratantes la realidad palpable del esfuerzo, cuando tomó el timón de la camioneta que le había encargado. Nos consolaba la certeza del último viaje con este sistema. El cansancio y la ingratitud presionaban la búsqueda de otro tipo de movilidad difícilmente dado en el medio.



Creo que por un momento debió sentirse desolado. Que la noche con su silencio cómplice en esos parajes deshabitados, era el mar al que deseaba volver cuando el trabajo terminara. Entonces, con la eventualidad de una falla mecánica y de la burla y rusticidad de una trocha que pretende llamarse camino, se zambulló hasta el fondo como en las charcas cuando era niño, para indagar dónde habían quedado sus juguetes, su paz, la risa, la esperanza de años mejores, las notas de los cantos que antes entonábamos, y el reflejo en las aguas de sus insondables y solitarios luceros.

Ahora, sólo me queda grabar a su memoria, el epitafio que una vez me recomendó






Comentarios

TEMAS MAS VISTOS

MUJER

DOCE DE ABRIL

REFLEXION FRENTE AL DEBATE SOBRE BOLIVAR Y AGUALONGO

PRESENTACION DE UNAS MEMORIAS SOBRE GAITAN

ATRIZ: UNA MIRADA HACIA EL ASOMBRO

CRONICA DE RECUERDOS QUE REVIVEN