LA MORAL SELECTIVA: CUANDO LOS PRINCIPIOS DEPENDEN DEL BANDO
HECTOR ARTURO
GOMEZ MARTINEZ *
Uno de los fenómenos más
preocupantes de nuestro tiempo, es la creciente tendencia a aplicar los
principios morales de manera selectiva. No se trata de un problema exclusivo de
una ideología, de una corriente política o de una confesión religiosa
determinada. Es una inclinación humana que atraviesa prácticamente todos los
sectores de la sociedad. Sin embargo, la contradicción resulta particularmente
visible, cuando quienes afirman defender valores universales terminan
aplicándolos únicamente a las causas, personas o situaciones que coinciden con
sus preferencias ideológicas.
Con frecuencia observamos a
personas que se movilizan con sincera indignación frente al aborto, la
eutanasia o determinadas transformaciones culturales relacionadas con la
sexualidad. Esa preocupación es legítima y merece respeto. Sin embargo, la
pregunta inevitable surge cuando esa misma sensibilidad parece desaparecer
frente a otras formas de sufrimiento humano, igualmente graves.
Resulta difícil comprender cómo alguien puede proclamar la defensa irrestricta de la vida y, al mismo tiempo, guardar silencio frente a las víctimas de masacres, desapariciones forzadas, desplazamientos, ejecuciones extrajudiciales o asesinatos selectivos. Más difícil aún resulta cuando tales hechos son minimizados, relativizados o incluso justificados, porque los responsables pertenecen al sector político, económico o militar que se considera necesario para defender un determinado modelo de sociedad.
La vida humana no puede ser sagrada en unos escenarios e irrelevante en otros. Si la vida merece protección, debe merecerla siempre. Si la dignidad humana es un valor fundamental, debe ser defendida independientemente de quién sea la víctima o quién sea el victimario.
Esta reflexión adquiere una
especial relevancia en países como el nuestro, donde durante décadas millones de
personas han sufrido las consecuencias de la violencia ejercida por distintos
actores armados. Una ética coherente no puede llorar únicamente a las víctimas
de la guerrilla mientras ignora a las víctimas del paramilitarismo, ni puede
hacer exactamente lo contrario. Tampoco puede condenar la violencia cuando
proviene del adversario político y justificarla cuando beneficia a quienes
comparten nuestras convicciones.
Las víctimas no cambian de
valor según el uniforme, la ideología o la bandera de quienes les causaron
daño.
Una contradicción semejante
aparece en el ámbito económico y social. En muchos casos se condenan con enorme
severidad determinadas conductas relacionadas con la vida privada de las
personas, mientras se muestra una sorprendente indulgencia frente a prácticas
que generan pobreza, exclusión y sufrimiento a gran escala.
No deja de ser paradójico que
algunos consideren una amenaza moral insuperable la orientación sexual de un
individuo, pero no encuentren razones para cuestionar seriamente a quienes
construyen fortunas mediante el abuso de posiciones dominantes, la corrupción,
la explotación laboral, el despojo de tierras o la utilización indebida del
poder político y económico.
La historia demuestra que buena
parte de las tragedias humanas no han sido provocadas por las decisiones
íntimas de las personas, sino por la codicia, la ambición desmedida y el abuso
de poder. Detrás de innumerables conflictos armados, desplazamientos forzados y
desigualdades extremas, suele encontrarse la búsqueda incontrolada de riqueza,
privilegios o dominio sobre otros seres humanos.
También merece atención la
forma en que se abordan las diferencias culturales, ideológicas y sexuales. Una
sociedad democrática puede albergar posiciones muy distintas sobre estos temas.
Las convicciones religiosas o filosóficas merecen respeto, incluso cuando
generan desacuerdos profundos. Pero existe una diferencia fundamental entre
defender una creencia y negar la dignidad del otro.
Ninguna persona debería ser
perseguida, humillada o tratada como inferior por pensar, creer o vivir de
manera distinta. El respeto por la dignidad humana no exige renunciar a las
convicciones propias; exige reconocer que quien piensa diferente conserva
exactamente la misma condición humana y los mismos derechos fundamentales.
Quizás la manifestación más
visible de la moral selectiva se encuentra hoy en la política. Con demasiada
frecuencia observamos cómo ciudadanos honestos, líderes religiosos,
comunicadores e incluso intelectuales, terminan justificando comportamientos que
normalmente condenarían, simplemente porque son cometidos por dirigentes que
consideran aliados.
La corrupción deja de ser
grave cuando la comete alguien del propio sector.
La mentira deja de ser
inaceptable cuando sirve para derrotar al adversario.
Los abusos de poder
encuentran explicaciones cuando favorecen una causa considerada superior.
Las faltas éticas se
transforman en simples errores, cuando son protagonizadas por quienes
representan nuestras preferencias ideológicas.
De esta manera, los principios dejan de ser principios y se convierten en herramientas de combate político.
La consecuencia es
devastadora para cualquier sociedad democrática. La moral deja de ser una guía
para evaluar conductas y pasa a convertirse en un mecanismo para proteger
aliados y castigar adversarios. Ya no importa qué se hizo, sino quién lo hizo.
Precisamente por ello resulta
indispensable recuperar una visión integral de la ética. Una ética
verdaderamente coherente debe ser capaz de sostener simultáneamente que la vida
humana merece protección desde su inicio hasta su final; que las víctimas del
paramilitarismo, de la guerrilla, del narcotráfico y de la violencia estatal
merecen la misma solidaridad; que la corrupción constituye un problema moral
grave; que la codicia y la explotación también son formas de degradación
humana; que los pobres y excluidos tienen derecho a la justicia; que toda
persona posee dignidad intrínseca; y que ninguna ideología política puede
convertirse en sustituto de la conciencia moral.
La justicia sin misericordia
termina convirtiéndose en crueldad. La misericordia sin verdad termina
convirtiéndose en relativismo. La defensa de la vida sin defensa de la dignidad
humana se vuelve incoherente. La defensa de la familia sin defensa de la
honestidad pública se vuelve parcial. La defensa de los más desvalidos sin respeto por
las libertades, puede convertirse en otra forma de injusticia.
Tal vez la mayor prueba de
integridad moral no consista en denunciar los errores de nuestros adversarios,
sino en tener el valor de exigir los mismos estándares éticos a nuestros
amigos, a nuestros líderes y a nosotros mismos. Mientras los principios sigan
dependiendo del bando al que pertenezca quien los viola, seguiremos hablando de
moral, pero no de justicia.
Y ninguna sociedad puede aspirar a la
reconciliación, la convivencia y la paz, mientras continúe aplicando diferentes
criterios para valorar exactamente la misma conducta según quién la cometa.
En
última instancia, la moral deja de ser un instrumento de transformación cuando
se convierte en un simple mecanismo para justificar nuestras simpatías y
condenar las de los demás. Los principios verdaderos son precisamente aquellos
que estamos dispuestos a aplicar incluso cuando perjudican nuestros intereses,
contradicen nuestras preferencias o comprometen a quienes consideramos de
nuestro propio bando. La vida vale lo mismo en el vientre materno que en una
fosa común; la dignidad humana vale lo mismo en quien comparte nuestras
convicciones que en quien las cuestiona; la corrupción es igual de reprochable
cuando la cometen nuestros adversarios que cuando la protagonizan nuestros
aliados. Mientras no seamos capaces de sostener esas verdades con la misma
firmeza en todos los casos, no estaremos defendiendo una ética universal, sino
simplemente administrando una moral de conveniencia. Y allí donde los
principios se subordinan a la ideología, la verdad termina siendo reemplazada
por el fanatismo, la justicia por el cálculo político y la conciencia por la
obediencia al grupo.
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